Todos contra él

Ahora
todo son panegíricos, pero Adolfo Suárez fue criticado más
despiadadamente que ningún otro gobernante español. Le atacaba la
derecha, la izquierda e incluso su propio partido, el centro.

20/02/06

La
definición más famosa e irrespetuosa de Adolfo Suárez, “un tahúr del
Mississipi, con su chaleco y su reloj”, la inventó Alfonso Guerra en la
época en que todo valía para desalojarlo de La Moncloa. Hoy parece casi
simpática la ocurrencia; hizo falta realmente todo un experimentado
tahúr para escamotearle el país a los poderes fácticos franquistas. El
propio Guerra, que una vez eliminado Suárez como adversario político le
ha encomiado –como todos–, afirma que nunca le llamó tahúr, que fue
sólo una imagen dicha en tono festivo.

También
resulta ambigua, vista hoy, la comparación con Curro Jiménez que hacía
Areilza en sus mítines electorales de la campaña de 1979. Al fin y al
cabo Curro Jiménez era un héroe de la tele, un bandido generoso guapo y
simpático. Sin embargo aquello era algo más que una figura retórica,
Areilza sentía que Suárez le había robado la cartera, como se dice en
el fútbol. José María de Areilza estaba seguro de que el Rey iba a
designarle presidente del gobierno en 1976, cuando dimitió Arias,
último jefe de gobierno de Franco. Y no sólo él, casi todo el mundo
apuntaba al conde de Motrico como el favorito de la terna de nombres
que le envió el Consejo del Reino a Don Juan Carlos. Mientras Fernández
Miranda se trasladaba a La Zarzuela con esos nombres, muchos
periodistas se fueron a casa de Areilza que, siempre hombre de mundo,
les invitó a una copa.

El
brindis era prematuro. “Qué error, qué inmenso error”. Areilza se había
quedado sin palabras al saber que el Rey había escogido a Suárez, fue
como si le hubieran quitado algo que ya era suyo, pero Ricardo de la
Cierva dijo eso del “inmenso error” del monarca, y además por escrito y
publicado, un artículo de página entera en El País, donde también
estaban escamados por que no hubiese salido Areilza. Sin embargo Adolfo
Suárez nombraría luego ministro a De la Cierva, pues al parecer le
atraía el arriesgado juego de meter enemigos en casa.

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